Viernes, 1 de enero de 2010
13:45 horas: Mi pareja y yo subimos a la terraza comunitaria de casa para destender dos lavadoras de sábanas, fundas de sofá y algo de ropa, después de 24 horas de vientos huracanados.
13:50 horas: No sabemos si reír o llorar. Se nos ha volado todo, excepto una funda de sofá, una sábana y unos pantalones de pijama. Miramos al horizonte, con la montaña del Tibidabo a la derecha, la Sagrada Familia a la izquierda, y ocho pisos hacia abajo que dan un vértigo impresionante.
14:00 horas: Salimos de casa. Vamos a comer a casa de la madre de mi pareja. Estamos animados y charlamos cogidos de la mano por una acera casi desierta. Parece que todo el mundo está comiendo ya.
14:05 horas: «¿No es esa tu chaqueta?», digo con la mirada enfocada hacia un altísimo árbol deshojado del que cuelga lo que parece una prenda reconocible. «¡Ostras!, ¡sí que es la chaqueta!», me contesta.
14:10 horas: Después de dejar por imposible la opción de trepar al árbol (hay como tres o cuatro metros hasta la primera rama) y la de lanzar un objeto (la prenda está demasiado enredada en las ramas para bajarla de un golpe), decidimos molestar a los vecinos de la calle en este soleado primer día del año.
13:45 horas: Mi pareja y yo subimos a la terraza comunitaria de casa para destender dos lavadoras de sábanas, fundas de sofá y algo de ropa, después de 24 horas de vientos huracanados.
13:50 horas: No sabemos si reír o llorar. Se nos ha volado todo, excepto una funda de sofá, una sábana y unos pantalones de pijama. Miramos al horizonte, con la montaña del Tibidabo a la derecha, la Sagrada Familia a la izquierda, y ocho pisos hacia abajo que dan un vértigo impresionante.
14:00 horas: Salimos de casa. Vamos a comer a casa de la madre de mi pareja. Estamos animados y charlamos cogidos de la mano por una acera casi desierta. Parece que todo el mundo está comiendo ya.
14:05 horas: «¿No es esa tu chaqueta?», digo con la mirada enfocada hacia un altísimo árbol deshojado del que cuelga lo que parece una prenda reconocible. «¡Ostras!, ¡sí que es la chaqueta!», me contesta.
14:10 horas: Después de dejar por imposible la opción de trepar al árbol (hay como tres o cuatro metros hasta la primera rama) y la de lanzar un objeto (la prenda está demasiado enredada en las ramas para bajarla de un golpe), decidimos molestar a los vecinos de la calle en este soleado primer día del año.
14:20 horas: Tres timbrazos y una mujer muy amable se asoma a la ventana. Por desgracia, no es la que pensábamos, ya que aún queda muy lejos del árbol. «Tenéis que ir al otro edificio. La portería queda en la otra calle», nos orienta.
14:25 horas: Mientras yo busco a ciegas qué piso y puerta debe de ser el que queda más cerca del árbol, la mujer A prepara, con dos palos de escoba, un palo largo e intenta, con las indicaciones de mi chico, desenredar la chaqueta.
14:27 horas: Me abren la puerta, subo al primer piso y una señora despeinada y en bata me abre al son de los ladridos de su chiguagua. Le explico y me dice que ahora sale a la ventana.
14:30 horas: La mujer A le pasa el palo que ha hecho a la mujer B que está en la ventana contigua. Ésta sí es la más próxima al árbol. Empieza a golpear la rama, cambia de postura, de ventana, vuelve a golpear la rama. Sale su marido: «¡Coño!, ¿no ves que no se puede?».
14:40 horas: La mujer B, como revigorizada por estas palabras, se concentra. Ya no golpea la rama. Ahora intenta, con cuidado y toques precisos, desenredar una manga. Luego la otra. Un golpe de aire la enreda de nuevo. La mujer A intenta indicarle. La calle se llena de espectadores.
14:50 horas: La chaqueta cae al suelo.
Entre risas nos despedimos de las dos mujeres desconocidas y nos vamos con la prenda colgada del hombro a seguir con nuestras vidas.
Seguramente no las volveremos a ver. Quizás, si nos encontramos, no podamos reconocernos. Pero aunque esta anécdota pueda parece insignificante, me ha hecho darme cuenta de que no somos tan malos como nos pintan. De que en la puerta de al lado puede haber alguien dispuesto a ayudarte, y, sobre todo, que muy cerca puede haber alguien que necesite nuestra ayuda.
¿Tanto cuesta prestarla?
14:50 horas: La chaqueta cae al suelo.
Entre risas nos despedimos de las dos mujeres desconocidas y nos vamos con la prenda colgada del hombro a seguir con nuestras vidas.
Seguramente no las volveremos a ver. Quizás, si nos encontramos, no podamos reconocernos. Pero aunque esta anécdota pueda parece insignificante, me ha hecho darme cuenta de que no somos tan malos como nos pintan. De que en la puerta de al lado puede haber alguien dispuesto a ayudarte, y, sobre todo, que muy cerca puede haber alguien que necesite nuestra ayuda.
¿Tanto cuesta prestarla?


